Un Papa que no fue bienvenido

- en El Mundo
Su visita a Chile debe haberle sentado muy mal al Papa. No fue recibido por grandes multitudes, como ha ocurrido en otras naciones y sí, en cambio, se produjeron ataques incendiarios a varios templos católicos, se le manifestó una abierta hostilidad en territorio mapuche y se le recordó constantemente que la institución que encabeza ha protegido a sacerdotes pederastas o a sus cómplices. En resumen, para Francisco ésta será una visita digna del olvido.

La visita a Chile del Papa Francisco –del lunes 15 al jueves 18– reunió mucho menos gente de lo esperado, se llevó a cabo en un clima de beligerancia –que incluyó atentados incendiarios contra templos en Santiago y en territorio mapuche– y estuvo lastrada por la presencia protagónica del obispo de Osorno, Juan Barros, cuestionado por haber sido el brazo derecho del sacerdote pedófilo Fernando Karadima.

Elisabetta Piqué, autora del libro Francisco: vida y revolución (2013) expresó en entrevista con el diario chileno La Tercera su sensación respecto al relativamente escaso interés en Chile por el jefe de la Iglesia Católica: “Es la sexta visita del Papa a América Latina, yo las hice todas, pero la verdad es que sorprende mucho, porque estamos en un país católico que parece que ya no es tan católico”, comentó.

La periodista –considerada la vaticanista que mejor conoce a Francisco– contrastó esto con lo ocurrido en el reciente viaje a Colombia, en septiembre. Afirmó que allí la multitud que lo salió saludar “incluso dificultaba el avance de los autobuses donde se desplazaba la comitiva de periodistas”.

Piqué rememoró que tras arribar el Papa a Chile, a Temuco –el miércoles 17– “eran escasas las personas que saludaban al borde del camino” y que “durante gran parte del recorrido sólo se veían carabineros cada 500 metros”.

Al acto central de esta gira –la misa del martes 16 en el Parque O’Higgins, de Santiago– asistieron 200 mil de las 400 mil personas estimadas por la Comisión Organizadora. En la homilía que ofreció un día después en el aeropuerto Maquehue de Temuco llegaron cerca de 210 mil fieles (según cifras oficiales), otra vez la mitad de los esperados.

Sin embargo, lo peor ocurrió en las últimas actividades de su periplo por el país. En el encuentro con jóvenes que tuvo lugar la tarde del miércoles 18 en el Santuario Nacional de Maipú –periferia suroeste de Santiago– apenas acudieron unos 40 mil jóvenes, 10 veces menos de lo esperado.

Un día después, en Iquique, la asistencia fue aún menor: de las 16 parcelas en las que se dividió el recinto de arena y tierra que recibiría al líder de los cardenales, con suerte se llenaba una.

Cierto es que los chilenos que se definen católicos han pasado de 75% a sólo 45% en los últimos 22 años, según una encuesta de Latinobarómetro dada conocer el pasado viernes 12.

Atentados y protestas

El poco fervor y masividad no fue lo que más llamó la atención de la visita del Papa a Chile, sino las numerosas protestas y atentados que ocurrieron durante su estancia. “Toda esta tensión que se ha vivido, los incidentes, es algo que nunca antes habíamos vivido”, sostuvo Piqué.

El viernes 12 cinco iglesias de la capital chilena sufrieron ataques incendiarios, en acciones que fueron acompañadas de pintas y mensajes en los que se rechazaba la presencia en Chile del Papa y el alto costo de ésta, estimado en 18 millones de dólares.

El domingo 14 el templo San Agustín de Melipilla –a 60 kilómetros de Santiago– sufrió también un atentado incendiario. En sus muros se grafiteó la frase: “La única iglesia que ilumina es la que arde (…) No al Papa”.

En el histórico territorio mapuche o Wallmapu –al que se desplazó el Papa el miércoles 17– las cosas estuvieron peor. La madrugada de ese día tres helicópteros fueron incendiados en la Central de Incendios La Colcha, de Curanilahue (Región del Bío Bío). Dos de las tres aeronaves –pertenecientes a la forestal Arauco, del poderoso grupo Angelini– fueron completamente destruidas. En el lugar se encontraron panfletos de la Coordinadora Arauco Malleco, importante grupo de resistencia mapuche.

La madrugada de ese mismo día, desconocidos quemaron completamente una capilla católica, un gimnasio y una escuela en el sector de San Andrés del municipio Collipulli, región de la Araucanía.

Además de estos atentados, en numerosos lugares de la Araucanía y Bío Bío, comuneros encendieron barricadas en torno a las cuales pidieron la liberación de “los presos políticos mapuche” y clamaron en favor de la recuperación de su territorio ancestral.

Asimismo, en las cercanías de Cañete –sur del Bío Bío– unos 70 mapuches de “comunidades en resistencia” ocuparon el Fundo Peleco “usurpado por la Iglesia y administrado por la Universidad Católica de la Santísima Concepción”, según se afirma en un tuit difundido el martes 16 desde la cuenta Mariñanku (@caldillodetripa).

Los manifestantes instalaron un letrero que dice: “Devuelvan las tierras usurpadas”. Otra pancarta lleva pintada la imagen de Francisco con cuernos y cola de diablo, pidiendo con un dedo en sus labios silencio, mientras atrás de él figura un vehículo policial blindado reprimiendo a mapuches.

La Iglesia Católica mantiene numerosas disputas territoriales con este pueblo, según consigna el periodista e investigador Pedro Cayuqueo en su columna “El Papa y su visita al Wallmapu”. Señala que es el caso del seminario mayor San Fidel, en el sector Licanco, al sur de Temuco (capital de la Araucanía) “que se emplaza en tierras reivindicadas hace años por el lof (clan) Rofue”. Lo mismo pasa con tierras que el lof Mallecoche reclama de la Congregación Franciscana, en Collipulli.

Cayuqueo –autor del libro Historia secreta mapuche (2017)– destaca que en Licanco y Bajo Malleco, violentos desalojos policiales y cárcel han sido la respuesta de la Iglesia y el Estado a los reclamos. “No son pocos los que relacionan la quema de templos con la tozudez de la Iglesia de no ver esta inmensa viga en el ojo propio”, expresa este periodista y referente destacado de los jóvenes intelectuales mapuche.

En su misa “Por el progreso de los pueblos”, en el aeródromo Maquehue, de Temuco, Francisco destacó que existe “una deuda histórica con este pueblo”.

“Esta tierra, si la miramos con ojos de turista, nos dejará extasiados (…) Pero si nos acercamos a su suelo, lo escucharemos cantar y con tristeza: ‘Arauco tiene una pena, que no la puedo callar, son injusticias de siglos, que todos ven aplicar’”, dijo el Papa citando una canción de la folclorista chilena y universal Violeta Parra.

En su alocución expresó que hay dos tipos de violencias, “que más que impulsar los procesos de unidad y reconciliación, terminan amenazándolos”. La primera de ellas –afirmó– tiene relación con la elaboración de “bellos acuerdos que nunca llegan a concretarse (…) Esto también es violencia, porque frustra la esperanza”, manifestó. Este aspecto constituyó una ostensible crítica a las políticas de Estado con los mapuche.

Respecto a la segunda forma de violencia, el líder del catolicismo apuntó a los grupos radicalizados mapuche: “No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro (…) La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa”.

Las palabras del Papa causaron desazón entre los mapuches. El alcalde de Renaico y presidente de la Asociación de Alcaldes Mapuche, Juan Carlos Reinao, afirmó que el discurso del Santo Padre “fue liviano: sabemos que Arauco tiene una pena hace mucho tiempo. Debieron ocurrir muchos más gestos con el pueblo mapuche”.

El líder y vocero, werkén, de la organización territorial mapuche Consejo de Todas las Tierras, Aucán Huilcamán, manifiesta en entrevista con Proceso que “la frase de ‘Arauco tiene una pena’ no es suficiente. Esa pena consiste en el genocidio en el que participaron los Estados chileno y argentino. Hay que aclarar qué tipo de pena es y no lo ha hecho”, señaló.

Huilcamán –quien el pasado lunes 15 presentó el libro Mi vecino el Papa Francisco, en que aborda la ocupación militar del territorio mapuche a finales del siglo XIX por los ejércitos de Argentina y Chile– afirma que el discurso del Papa “fue tibio y genérico, que no contribuye a resolver las tensiones en la Araucanía”, argumentando que esto es comprensible “porque el Vaticano y la Iglesia Católica tienen muchos intereses” en esta región.

El werkén Huilcamán –el más renombrado de los dirigentes mapuche desde principios de los noventa– asegura que esta institución religiosa posee la inscripción de 80% de los derechos de agua de la Araucanía y que ello fue posible gracias a la dictación del Código de Aguas de 1981, en tiempos de la dictadura militar de Augusto Pinochet. Agrega que la Iglesia Católica “es la institución que más patrimonio tiene al interior de comunidades mapuche”.

El dirigente se queja de que en la actualidad Carabineros y los servicios de inteligencia “aplican el mismo manual de inteligencia de la dictadura militar” para desarrollar montajes, “porque los mapuches somos calificados como enemigos del Estado chileno y ese es el gran problema que tenemos en el Sur”.

Entre los sectores conservadores, que tenían temor respecto de un pronunciamiento mucho más claro del máximo jerarca del catolicismo en favor del pueblo mapuche, hubo satisfacción con sus palabras. Felipe Kast, senador electo de la derechista coalición Chile Vamos, ilustró esta posición: “El Papa fue muy claro en su mensaje diciendo que nunca hay una justificación para recurrir a la violencia”.

La resistencia mapuche al avance de las empresas forestales, energéticas y mineras se ha convertido en un obstáculo para la expansión del modelo económico neoliberal y extractivista en Chile.

Los abusos

Sin embargo, lo que más manchó la gira de Francisco fue la pasividad con la que abordó el tema de los abusos sexuales de miembros de la Iglesia chilena y la destacada presencia que en ésta tuvo el obispo de Osorno, Juan Barros.

Barros fue secretario de Fernando Karadima, párroco durante un cuarto de siglo de la influyente iglesia El Bosque, de Santiago. Allí lideró una especie de secta que cometió abusos sexuales y psicológicos contra menores que acudían cautivados por la aparente santidad de su líder. También formó generaciones de sacerdotes, cuatro de los cuales llegaron a ser obispos: el ya citado Barros; Andrés Arteaga, obispo auxiliar de Santiago; Horacio Valenzuela, obispo de Talca; Tomislav Koljatic, obispo de Linares.

Además, Karadima llegó a ser el sacerdote preferido de la oligarquía chilena. Pero debido a las denuncias de víctimas –que alcanzaron gran repercusión en los medios– y tras una investigación canónica, la Santa Sede lo declaró culpable de abusos sexuales con violencia contra menores y abuso de su potestad eclesiástica.

Como evidenció el libro Los secretos del imperio de Karadima, de los periodistas Mónica González, Juan Andrés Guzmán y Gustavo Villarrubia (2011), Barros tuvo activa participación en el ocultamiento de los abusos sexuales de este poderoso prelado.

No obstante conocer todos estos antecedentes, en enero de 2015 Francisco nombró a Barros obispo de Osorno, ciudad 900 kilómetros al sur de Santiago, y lo ha mantenido pese a la persistente resistencia de sacerdotes y laicos de dicha diócesis.

No sólo eso: en octubre de 2015 envió un mensaje –grabado por un laico en video y reproducido por el canal Mega– en que señaló que “Osorno sufre sí
¡por tonta! porque no abre su corazón a lo que Dios dice y se deja llevar por las macanas” supuestamente inventadas por “zurdos”.

La mañana del martes 16, en el palacio de La Moneda, Francisco pidió perdón y declaró sentir “dolor y vergüenza” por los abusos cometidos por sacerdotes contra menores. Sin embargo, esta frase cayó en saco roto dada la presencia de Barros en tres misas masivas de su gira apostólica: Santiago, Temuco e Iquique. Su rol estelar fue considerado una burla y desató la ira de los laicos y de una opinión pública harta de la impunidad en materia de abusos sexuales.

Numerosos fieles osorninos, que se habían trasladado a Santiago, protestaron contra el Papa durante su estadía en Santiago. Apostados fuera del Parque O’Higgins, donde Francisco presidía su primera misa en Chile, desplegaron pancartas que decían: “Ni zurdos ni tontos”, “por una iglesia pobre y para los pobres” y “Barros encubridor”.

Los molestos fieles fueron acompañados en sus reclamos por el prestigiado sacerdote Mariano Puga, representante de los sectores progresistas de la Iglesia, quien pidió perdón a las víctimas de Karadima en nombre de los chilenos.

Evidenciando la fractura del catolicismo, el carismático sacerdote jesuita Felipe Berríos señaló esa misma jornada a Chilevisión que “es violento para mucha gente que Barros esté ahí (copresidiendo la misa). A mí me violenta, porque contradice todo lo que ha dicho el Papa”, agregó.

Para que a nadie le quedara duda de su respaldo a Barros, Francisco declaró la mañana del jueves 18 que “el día que me traigan una prueba, voy a hablar… todo es calumnia”.

Momentos después, cuando terminaba dicha misa –última actividad masiva en Chile antes de partir a Perú– Francisco se acercó a Barros. Hablándole de cerca y sonriéndole, casi apapachándolo, le expresó ampulosamente su respaldó… Fue la imagen del día, según CNN Chile.

Tres de las principales víctimas de Karadima: Juan Carlos Cruz, José Andrés Murillo y James Hamilton, rechazaron en posterior conferencia de prensa el actuar del Papa. Las redes sociales se hicieron eco de este malestar y varios periodistas y líderes de opinión que cubrían o comentaban esta cadena de sucesos, se sumaron al sentir de las víctimas.

El mismo jueves 18, en las afueras de la catedral de Lima, el colectivo de mujeres Malas Maneras desplegó una manta que decía: “El Papa protege pederastas”.

El exsacerdote jesuita Luis García Huidobro preguntó en su cuenta de Twitter poco después de la partida del Papa de Temuco: “¿Alguien puede explicar a qué vino Bergoglio a Wallmapu?”.

 

 

Fuente: Proceso.