Mariano Moreno Santa Rosa, originario de Coatzacoalcos, el único Veracruzano que presencio el “juicio del siglo” contra Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera. Moreno es un brillante escritor-novelista que brilla en “New York”. Mariano es egresado de la “Ibero” y tiene una maestría por la Universidad de “New York”

- en Carrusel, Estado

Pocos han sido los mexicanos que han tenido la oportunidad de presenciar el “Juicio del Siglo” que se le sigue en los Estados Unidos a Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera. Uno de estos “pocos” mexicanos que han estado en la Corte Federal de Brooklyn, es Mariano Moreno Santa Rosa, y aquí hablamos de un joven que nació en Coatzacoalcos. Moreno Santa Rosa tiene un par de años que radica en “New York”, donde realizó la “Maestría” en “Escritura Creativa” por la Universidad de “Nueva York”, donde estuvo becado por la UNY. Hoy en día Mariano es corresponsal en “New York” de MVS Multivisión. Pues bien. Hace algunas horas Mariano Moreno Santa Rosa escribió una crónica periodística de lo que vivió en la Corte Federal, por lo valioso de lo escrito, lo damos a conocer en forma íntegra: 1.- Joaquín entra sonriente a la sala, relajado, bromista, como si no enfrentara una condena de cadena perpetua en una cárcel estadounidense de máxima seguridad. Como si nunca hubiera asesinado. Como si nunca hubiera mandado a matar. Los reporteros que llevaban tiempo cubriéndolo no se inmutaron por su llegada. Estaban ya demasiados acostumbrados a compartir el aire con Joaquín Guzmán Loera. En cambio, los morbosos que lo veíamos por primera vez no dejábamos de examinarlo. Incluso hubo quienes llevaron binoculares para ver las facciones del capo en alta definición. Traje azul, rostro tosco, pelo oscuro. El Chapo Guzmán toma su asiento y platica con una integrante del equipo de su defensa, haciéndola reír. Al poco tiempo el juez Brian Cogan ingresa a la Corte y todos nos ponemos de pie. Dicen que la suerte se reparte temprano. Cuando a las cinco de la mañana llegué a la puerta de la Corte Federal de Brooklyn, apenas se formaba la fila de periodistas y público en general para entrar a la sala. La conglomeración crecía conforme terminaba la madrugaba y el cielo comenzaba a azularse. Escuchando chismes y anécdotas ajenas uno se olvida de la temperatura de -9 grados centígrados. El juicio daría inicio hasta las nueve y media de la mañana. Al pasar el primer filtro de seguridad hay que desprenderse de los teléfonos celulares y dejarlos en manos de los agentes de seguridad. Imposible no ver las cajitas grises con antenas largas y luces rojas. Detectores de armas y explosivos. En el octavo piso, sede del juicio contra El Chapo, hay que formarse de nuevo y pasar otro filtro. Esta vez hay que quitarse los zapatos. Un U.S. Marshall recorre la fila acompañado de un perro de esos que olfatean la maldad. Parece un C.E.O., escucho que alguien dice cerca de mí. Lo hubieras visto cuando la esposa trajo a sus hijas gemelas, El Chapo no dejaba de mandarles besos y sonrisas. Joaquín Guzmán conversa con una mujer de menor estatura que él. Su mesa está en el lado derecho de la sala. La Fiscalía opera en la mesa del centro, entre el área del jurado y la zona de los defensores del capo. Decidí vestir de traje pensando que era el uniforme de las cortes federales. Vienes muy elegante para ser periodista, me dice un reportero estadounidense sentado a mi lado. Como verás, el resto de nosotros venimos muy fachosos. Mientras la Fiscalía y los abogados negocian los términos de las comparecencias finales, volteo hacia el rincón: Emma Coronel, esposa de Guzmán Loera, completamente de negro, pena un luto adelantado. Reservada, algo ausente, cabizbaja jugueteando con sus uñas mientras sigue la traducción del juicio a través de unos audífonos especiales. Como dice la canción de Luis Eduardo Aute, sentí en ella dos o tres segundos de ternura. Noté un contraste con el personaje que ella misma se ha construido en redes sociales: alguien esperanzada, sonriente, capaz de enfrentar las adversidades que la vida pone en su camino. Durante los recesos, algunos periodistas se acercaban a hablarle. Ella les sonreía, asintiendo, probablemente dando falsas esperanzas de futuras entrevistas. Su mente después regresaba a ese mundo lejano del cual no quería salir. Al comienzo de cada sesión, El Chapo busca a Emma Coronel entre la audiencia. Se pone nervioso si no la encuentra. Cuando lo hace, inclina la cabeza en señal de reverencia. Quien fuera el criminal más buscado del mundo se sonroja cuando saluda a su esposa con la mirada. Vi al Chapo Guzmán, y estoy seguro que hubo un momento donde él me vio a mí.

 

Fuente: municipiosur.com

 

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